Revista digital de Artes escénicas -Año 4-

Sobre Tríptico Dadá en el Museo La Neomudéjar

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¿Conoce la Neomudéjar?
¡Síii! Todo recto, y cuando llegue usted al Condis tuerce y camina de frente,
vuelve a torcer, hasta encontrarse con las antiguas dependencias del tren.
Y es que este periférico y vanguardista refugio artístico es reconocido por las gentes del barrio.
El arte instalado de forma inesperada, tejiendo redes entre cultura y diversidad social.
Cae la noche cuando llego al emblemático edificio…
La deconstrucción de un espacio,
la irrupción de lo nuevo, vomitado por lo viejo.
¡Este perturbador lugar está lleno de magia!
A la entrada del laberinto
instalaciones, exposiciones, experiencias multimediáticas,
el desapego de la objetualización del Ser
por un reduccionista y contaminado sistema,
reventando las costuras de lo convencional.
Arte in situ para voltear la contradicción.
Amabilidad, Lenin con amor,
y el divertido origen del mundo por Ikea,
susurrado por el guía del Hermitage,
son la antesala del espectáculo.
Se disuelve el espacio, luego el tiempo…
y el diminuto santuario- mesa me invita a soñar.

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¡Siempre quise ser Karenina!
Unas temblorosas manos me emocionan.
Una, dos, … tres luces ¡Efímeras ilusiones!
Acompaño su dulce baile y compongo con ellas dos sinuosas montañas de mujer.
Lanzan los dados y en ese escenario teatral me abrazo a la fatalidad.
La música, voz de la Gran Creación, y el fin de las preocupaciones.
Cae la nieve y con ella un amor que crece.
¡Mis recuerdos y mi soledad!

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Grandes olas de nieve presagian la victoria del mundo y mi derrota.
No saben amar, se alimentan de mis emociones,
y el miedo da paso a mi decadencia espiritual.
Mis pensamientos abonan el terreno del dolor.
No hago nada. Atrapada en la inmovilidad de ese universo blanco,
me percibo cubierta de esa hermosa, gélida y mortal nieve,
cae sobre mí y me cubre por completo…
Noche oscura, sin luna, la noche de todos los tiempos.
Millones de estrellas acompañan el silencio.
¡Es todo!
Me cuesta cambiar de escena… quiero seguir el viaje.
Los muertos que pueblan nuestros sueños
no podrían engañarnos, porque no esperan nada de nosotros.
De nuevo las generosas manos crean para mí universos infinitos hasta convertirme en Alice.
Soy feliz ataviada con una maraña de suave cabello.
Y vuelvo a la inocencia de mis cuatro paredes,
amuralladas de aventuras de papel que me devolvían la robada infancia.

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Quiero salir de mis sombras,
escaparme de mi libro,
estirándome cual jirafa
para participar de las bellas, diminutas y cuidadas imágenes,
que la luz del actor me brinda.
¡Preciosísima con su pelo revuelto! Respiro con Alice.
Sueños de mariposa, repentinos e inconstantes amores de juventud,
redescubriendo los efímeros placeres del sexo.
El mundo parece limpio.
¡Renace la primavera en mí! Cuna de tierra.
Estar en guerra contra la humanidad…
Abandono los monstruos y los héroes.
No necesito ser salvada.
Me conmueve la elección del objeto.
¡Tan pequeña! Sin máscaras,
con su femenina y desnuda enredadera de oro…
Y se produce la magia.

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La sutileza de una caricia humana atusando la quebrada cabellera del vívido objeto,
me obliga a tomar conciencia de mi propia fragilidad.
Entonces… yo hubiese vendido mi alma al diablo por esa caricia.
Llueve tristeza de perlas. Mis pies no caminan.
Entre el rojo y el violeta se halla la infinidad de lo invisible.
Cuéntame un cuento:
hay que abrir los ojos propios,
la hermosura es tres puñados de cenizas.
Nada puede ser logrado sin amor.
Siempre me interesó el mestizaje.
Y me sorprende la idea de un objeto,
como personaje capaz de vivir y morir,
de relacionarse tiernamente con un actor humano.
Sin saberlo, siempre me interesó la contemporaneidad
y la autonomía del teatro frente al texto,
la importancia de lo insignificante como epicentro en la dramaturgia.
Cada instante posee cualidades visuales que acarician mi corazón.
En mi intransferible y microscópico deleite,
viajé al interior de un sueño de libros de infancia
que me trasladaron a la inevitable kurukshetra,
para enseñarme a vivir.
Pongo voz a los mudos libros,
universos de las grandes soñadoras,
para decirle al gran ilusionista ¡Gracias!
Paloma Martín

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Fotos de Mario Bastián

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