Revista digital de Artes escénicas -Año 4-

Entre las montañas del Olimpo

Ahora que ya he andado por las calles de Atenas, por la piel de Grecia…Como debe ser para poder decir…”Me perdí en sus calles” que es la mejor manera de conocer un lugar… Ahora que ya he cumplido uno de los sueños añorados: Grecia, la cuna del teatro!…Ahora toca volver a la realidad, a esa que espera a cientos de kilómetros, al presente…
Cuando dentro de un rato me asome por última vez a la ventana para ver el Partenón, iluminado, poderoso, sobreviviendo al paso del tiempo, mirando la humanidad como transita siempre entre guerras pensaré de nuevo sobre el sentido de los sueños, si cuando los haces realidad siempre terminan desenfocados.
En apenas unos meses he visitado esta ciudad dos veces, una de manera fugaz y otra a otro ritmo, con la posibilidad de conocerla más allá de la postal de referencia. No sé qué ha sido este lugar en otro tiempo, los libros cuentan historias mágicas, pero nunca sabremos si quien los escribió dijo toda la verdad. Hoy, este país, esta ciudad son bien representados por el Partenón como gran icono, ese espacio único rodeado de grúas que nunca se sabe si están construyendo o destruyendo. Esta es la sensación profunda que me llevo, no sé si lo que he vivido es un sueño o es la realidad del tiempo que nos ha tocado vivir.
He venido para mostrar mi forma de entender el teatro, en un lugar donde nació el teatro…¡Que atrevimiento!. Y me encuentro con un pueblo asustado, con la necesidad de gritar, pero cada vez que lo intenta, no sale sonido de su boca. Un lugar mítico donde lo más preciado son las ruinas. Y ahí está todo el mundo, orbitando alrededor de ello, sin posibilidad de cambiar esta idea en el ADN.
He contado mi idea del teatro y he sentido que podrían reconciliarse con el sentimiento profundo del teatro, pero el duro día a día les deja instalados en la máscara rígida.
Y veinte años después, he tratado de contar, desde otro lugar, lo que subyace en David & Goliat…a una sociedad que no quiere ver la realidad porque duele. Y tal vez hay que aceptar que el Partenón está rodeado de grúas y que habrá que esperar a que el tiempo le dé su lugar entre las montañas del Olimpo.
Adolfo Simón

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