Revista digital de Artes escénicas -Año 4-

Nadie me lo ha contado; yo lo he visto

La vida, que está siendo razonablemente generosa conmigo en todo, también ha alfombrado con tejidos de diversos colores –que todo hay que decirlo– mi carrera teatrera. Esta ya larga trayectoria me ha permitido unas veces calzar zapatos de hebilla y otras acordonar zapatillas todoterreno, pero, ya sea con maleta o mochila, siempre me he sentido “gato con botas” tragando leguas y zancajeando de un lado a otro para asistir a jornadas, seminarios y congresos de pretendido fuste, y también a conferencias más de andar por casa… en España y fuera de ella, en universidades renombradas y centros culturales de presupuestos varios.

…Y cuando ya creía haberlo visto todo, el incesante ajetreo del “viaje a ninguna
parte” ha tenido a bien regalarme una sorpresa impagable: me ha dejado caer por Mira, un pueblecito, de alboradas de kikirikí y atardeceres sosegados, perdido no ya en la geografía conquense, sino yo diría más: engullido por la recóndita belleza de su propio entorno. Pero… ¿dónde está Mira?, ¿qué hay en Mira?

Acomódense a conveniencia, silencien los móviles y presten la atención requerida en casos como este: Mira –una de cuyas casas vio nacer hace medio milenio a Antón Martín– hoy está en un mapa inexistente, dibujado tan solo en la imaginación de Adolfo Simón. ¿Pinceles…? Los de sus férreas voluntad y constancia. ¿Pinturas…? Las de su inmenso amor al teatro…Y en Mira hay, hay… ¡No sé cómo describirlo! A ver… Yo diría que me he encontrado unos tarros de genuinos aromas escénicos, unos frascos que, al destaparlos, me han obsequiado con las fragancias del teatro en su estado más auténtico, con las esencias puras del carro de Tespis.

¡Cuánta sabiduría cabe en Adolfo, que no olvida sus orígenes y edifica sobre ellos…! ¡Cuánto amor al teatro y cuánto amor a su pueblo…! En ningún otro sitio he experimentado sensaciones como las vividas en su Centro Dramático Rural… Sí; he dicho bien: en “su” Centro…

 

Porque en él, entre sus desconchadas paredes, he descubierto la inmensidad del alma de Celia, de quien aseguran que en vida fue analfabeta de ortografías y gramáticas, pero su espíritu deambula por el teatrito –a imagen y semejanza del de don Ramón, de mi querido Pepe Martín Recuerda– al lado de Yermas, Belisas, Desdémonas y otras eternas inquilinas de la escena.

Porque en él, entre sus rincones de variopintos anaqueles, me he tropezado con el imperecedero recuerdo de Paulina, que, ceñida con el aura de la sencillez y la humildad que regalan los aires rurales, a partir de ahora también custodiará páginas de mi propia cosecha, personajes que mi musa ha tenido a bien regalarme.

 

Porque en él, a la puerta de este mundo recubierto de añil, no hay leones que vigilen “cosas”; porque la “cosa” que ha de ser guardada no se ve, va impresa en el interior de Adolfo, en el corazón del teatro. Bajo el dintel de entrada, sus jambas están flanqueadas por Celia y Paulina. Nadie me lo ha contado; yo lo he visto.

Mi lengua siempre contará que mi Federico, de la mano de Elena Bolaños y Matthieu Berthelot, se hermanó en “Ca de Celia” con tan ilustres anfitrionas; que en su biblioteca le di el primer abrazo a su descendiente Adolfo Simón; y que deambulando por el dédalo de callejuelas sellé con Dave Hitchcock una amistad cuyo origen se pierde, allá por las postrimerías de la pasada centuria, en el Ateneo madrileño.

Si Mira es teatro y Adolfo es teatro, yo, que he hecho del teatro uno de los ejes centrales de mi vida, al hablar de él no puedo olvidarme de la cuarta pared, de la línea imaginaria que separa la escena de ese patio habitado por quienes realmente dan aliento a los personajes: el público. Amantes del universo de Talía, como JJ, Lorena, Jenny, Coralys, Jackeline y Mendy, capaces de acompañar a Dave desde las Américas hasta este punto difuminado en la imaginación de Adolfo, en pos de un encuentro con el teatro desnudo, desprovisto de todo aditamento comercial, nos señalan –quizá sin pretenderlo– que el camino que hay que seguir es el de Mira. Porque Mira es el Teatro (sí, con mayúscula). Nadie me lo ha contado; yo lo he visto.

José Moreno Arenas
Albolote, 19 de julio de 2017.

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