Revista digital de Artes escénicas -Año 8-

Carmen en llamas en San Clemente

Uno va con el carro de cómico recorriendo caminos y caminos…esperando ese claro en el bosque donde descansar y recobrar el aliento. Uno va construyendo quimeras escénicas allí donde le dejan una tarima y un trapo que haga de telón…Uno necesita encontrar la memoria del tiempo y de los lugares, de los personajes que construyeron nuestro periplo en la historia desde que el mundo es mundo…para entendernos mejor, para saber cuando dejamos de ser civilizados y permitimos asomar al animal que se esconde en nuestro pecho. Decía el poeta que quien pierde sus orígenes pierde la identidad…solo el teatro y la gente honesta que realiza este arte es capaz de poner espejos delante de los ojos del presente para entender el pasado; si no sabemos que tinta poética corre por nuestra venas, no conoceremos ni podremos escribir el drama de nuestra existencia. Anoche, en un espacio insólito, en el Juzgado de San Clemente, las columnas dejaron de sujetar el techo de cristal para recuperar las sombras de la Inquisición y realizar un ejercicio de transmutación y viajar, a través de los actores, a otra época, recuperando a Carmen, esa mujer libre y luchadora en un tiempo de oscuridad donde ni la justicia ni el pueblo respetaron que su visión del mundo fuera adelantada a su tiempo…Siempre tiene que haber anti heroínas que sean visionarias para despejar los tiempos de negrura y miedo. Pero el teatro, para ser un acto mágico, ha de instalarse en la mente y cuerpo de los mediums de este arte… Los actores, el dramaturgo, el director…el público. Carmen en llamas es una realidad que dialoga con el pasado, el presente y el futuro?…gracias a que Gustavo A. Martín y J.R. Martín Fernández han jugado con los legajos de la historia, convirtiéndola en personajes vivos. Y Teresa Valeriano encarna al personaje protagonista como si de una posesión se tratase, haciendo que viajemos a través de su cuerpo y su voz entre llamas. Le acompañan sus compañeros de viaje de Álbora Teatro. Y el carromato continúa su viaje a la espera de un nuevo espacio de libertad.
Adolfo Simón

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