Revista digital de Artes escénicas -Año 8-

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La señorita Julia y La señorita Elsa: El precio del desarraigo

Hay dos piezas de teatro en la cartelera de Madrid que coinciden a la hora tratar el tema de una mujer que intenta enfrentarse a sus deseos pero encuentra, en la sociedad, un muro infranqueable…
La señorita Elsa es la adaptación de la novela de Arthur Schnitzler realizada por Lola Blasco para la escena. En Sexto Derecha, un espacio en el que la temporada pasada disfrutamos de unas pequeñas joyas escénicas, se presenta, en la intimidad más absoluta, el periplo de esta joven que, al tratar de descubrir su propio deseo, se encuentra con que el resto de la sociedad ya ha decidido cuál será su viaje emocional. Un ejercicio arriesgado que la joven actriz, Angela Boix realiza con temple gracias a la dirección de José Luis Sáiz.
Y en La Pensión de las Pulgas, se ha estrenado una adaptación de La señorita Julia de August Strindberg, con el título de El ojo de la aguja, dirigida por Estefanía Córtez, con Esther Acebo, Sergio Pozo e Irene Escalada. La acción la han trasladado al mundo de las altas empresas donde una rica heredera, atrapada en su soledad emocional, intenta conseguir domar a su chofer ante los ojos de la secretaria. Un viaje al sometimiento físico y afectivo, sin cortapisas.
Adolfo Simón

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3 proyectos, 3 encargos. Apuntes e impresiones.

magdaMi trabajo es mi manera de conocer el mundo, de pensarlo. Cada proyecto, tanto si se trata de un encargo como de un proyecto personal –he descubierto que eso no importa- se convierte en una herramienta, un instrumento para acercarme a algo que desconozco. No suelo tener esto presente cuando empiezo, imagino que no me serviría de nada, más bien me bloquearía. Comienzo a tientas y a tientas avanzo, fiándome de vagas intuiciones. Un día me sorprendo, sucede el descubrimiento y entonces me doy cuenta, comienzo a comprender algunas cosas. Así es, más o menos, como sucede. Aunque a estas alturas una sabe que por deformación profesional es fácil que se cuele algo de fábula en estas reflexiones. En cualquier caso, tanto si estos apuntes e impresiones son mis fabulaciones como si son otra cosa, me sirven para consignar fragmentos de lo pensado y aprendido con los tres apasionantes encargos que he realizado esta temporada: El lector de Romeo y Julieta, Mano a mano y Cuentos sin motivo aparente.

Los tres trabajos están ligados a tres espacios muy diferentes: el salón de una casa para El lector de Romeo y Julieta, un teatro para Mano a mano y un museo para Cuentos sin motivo aparente. Los lugares hablan, invitan a jugar de diferente manera, proponen relaciones. La casa impuso cercanía, intimidad, la experiencia del voyeur. El teatro, que asumió su condición de espacio de comunicación, sirvió para contar problemas de comunicación. El museo propuso un recorrido, una invitación a jugar con la distancia y el punto de vista. Los espacios dieron sentido y forma.

Uno. El lector de Romeo y Julieta
José Luis Sáiz me invita a revisar la obra de Shakespeare desde un personaje implicado en la tragedia: Fray Lorenzo. Entre los dos elaboramos la dramaturgia. El salón de su casa se convierte en “Sexto derecha”, un lugar de representación. En un primer momento, lo evidente (y divertido) es que un amigo me invita a jugar a su casa. Luego, la casa es lugar de trabajo, y José Luis, el actor generoso y arriesgado con el que me acerco por primera vez como directora a ese autor prodigioso e inagotable que es William Shakespeare. En el proceso, preguntas, descubrimientos, placer.
Seguir a Fray Lorenzo en Romeo y Julieta significa seguir a un hombre bueno que comete errores. Un insensato con buenas intenciones y sin fuerzas. Los grandes personajes de Shakespeare urden tramas, actúan y se observan actuar, reflexionan sobre lo que hacen. Fray Lorenzo urde una trama, una red en la que quiere atrapar a Montescos, Capuletos, a Verona. Pero es un mal dramaturgo, su propia red le atrapa, le falta grandeza para darse cuenta y actuar en consecuencia. Nuestro Lector percibe todo esto y decide poner a prueba al personaje, jugar con él, sin saber que, al hacerlo, está él mismo cayendo en otra red. La lectura de la obra se convertirá para el Lector en una toma de conciencia. ¿Quién es este Lector? ¿Qué hacemos para hablar acerca de lo que no podemos hablar? Harold Bloom dice en su Shakespeare. La invención de lo humano que las obras le leen mejor de lo que él las lee. Eso es lo que sucede en El lector de Romeo y Julieta.

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Dos. Mano a mano.
Otro amigo me invita a jugar. Miguel Cuerdo me propone hacer un espectáculo de narración oral y lengua de signos junto a un artista sordo. No se trata de contar y traducir, me dice, “me gustaría que hicieras otra cosa”. Acepto. Tengo una sensación de lo que quiero, pero –y esto es curioso para alguien que se dedica precisamente a comunicar, a contar- me cuesta trabajo expresarlo con claridad. Menos mal que llamo a Eugenia Manzanera para dirigir. Su visión es esencial, su talento para la comedia, impresionante. Antes de comenzar los ensayos leo “Veo una voz” de Oliver Sacks. Gracias a él me doy cuenta de lo poco que sé. Inés Enciso, una de las productoras, me dice que no solemos definirnos por nuestras carencias, por lo que no sabemos hacer, sino por nuestras potencialidades, por lo que sí sabemos. Esa reflexión se convierte en un eje del trabajo. En el espectáculo, mis carencias y las de Christian Gordo, el artista sordo con el que trabajo, están al mismo nivel, jugamos con ellas. No hay drama. Hay una tarea que llevar a cabo juntos y hay problemas que resolver. La belleza y la alegría surgen de lo que cada uno sabe hacer mejor y de las dificultades superadas. El espectáculo cobra forma. La esquemática selección de textos se ha convertido en otra cosa gracias a la hermosura de los gestos de Christian, la impresionante capacidad de Eugenia para el humor, las luces de Juanjo Llorens que convierten el espacio en algo parecido a una pista de circo transformando lo que hacemos en una proeza, un juego de equilibrios en el alambre de la comunicación. Todo encaja. Contamos cuentos, contamos lo complicado que resulta entendernos y lo divertido y enriquecedor que resulta intentarlo. Contamos el maravilloso poder liberador de la risa y el juego.

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Tres. Cuentos sin motivo aparente.
El CA2M me propone contar cuentos en la exposición Sin motivo aparente. Una exposición sin concesiones. A primera vista, obras herméticas, ásperas. Yo debo tender un puente sin traicionarlas. Jugar con ellas sin imponer mi juego como el único posible. Tengo que mostrar un camino entre muchos, una manera entre otras de jugar, leer, entender, interpretar. Cada obra puede ser tanto la respuesta a una pregunta no formulada como una pregunta sin respuesta.
Escojo seis que me atraen por su hermetismo, o porque sí, o por su humor y su poesía. En algunos casos su poder de seducción me resulta inexplicable. Pero lo cierto es que en todas ellas descubro un juego escondido. El recorrido que propongo implica un uso del espacio diferente en cada una. También una distancia distinta y un uso de los sentidos diferente. Me doy cuenta de que lo que hago es imaginar para que otros imaginen. Supongo que el arte es, a ratos, simplemente eso. Si ahora tuviera que ponerle título seguramente no sería el mismo. Utilizaría un verbo, no un sustantivo, Contar sin motivo aparente, o incluso Jugar sin motivo aparente. Respondería mucho mejor a lo que siento en la visita cuando cuento lo que las cosas me cuentan, cuando juego con ellas.

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De un tiempo a esta parte soy muy consciente de lo que el arte tiene de juego. Los tres proyectos son tres juegos. Artefactos para indagar, para conocer. En un folleto leo una cita de Jung, “la mente creativa juega con el objeto que ama”. Dejarse enamorar por un objeto, una idea, una emoción, o hasta por una vaga sensación, y luego jugar. Es eso y ya está.
magda-4Magda Labarga


El lector de Romeo & Julieta en Sexto Derecha

Últimamente estoy teniendo mucha suerte, o elijo mejor aquello que voy a ver en la cartelera de Madrid o el nivel de las propuestas, a pesar de la tan traída crisis, ha crecido considerablemente. Donde más estoy disfrutando es en los espacios pequeños, en esos en los que el contacto del público con la propuesta escénica solo está separa por el leve aliento de los actores. Me faltaba conocer el espacio Sexto Derecha que ha puesto en marcha José Luis Sáiz. Allí, en el propio salón de su casa; como siempre fue tradición al leer el primer texto de tantos grandes autores frente a los actores que les darán vida, ahí se ha vuelto a repetir el rito, en este caso no es la lectura de una nueva obra y tampoco es con atril, lo que vemos en El lector de Romeo & Julieta es la recreación de los acontecimientos que precedieron y causaron la tragedia de los personajes Shakesperianos. Ante nuestros ojos, sin más artificio que el propio mobiliario e iluminación de la sala, aparecen todos los personajes que participaron en aquellos hechos. Y a todos ellos da vida el actor, con suma delicadeza, transitando de uno a otro con tan solo cambiar un gesto de sus manos. Esta pieza deliciosa nos sitúa ante ese momento del juego que el niño hace ante el espejo del armario, subido a los tacones de mamá…un viaje esencial al arte del teatro que ha mirado y tallado con precisión, desde fuera, Magda Labarga.
Adolfo Simón

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